SILENCIAR EL DOLOR
Causando ante mis ojos los asombros
más conspicuos de aquella primavera
como santa escondida tras los biombos
guardaste el celo de sutil espera.
Tu corpiño cayó entre las cosas
que adornaban la estancia solitaria
y tus pechos brotaron como rosas
cuando escuchaste mi oración plenaria.
Besé tu boca, tus perlados senos,
tus lindos pies, tus manos y tus hombros
y luego pude rescatar al menos
aquel ardor de todos mis escombros.
Murió la tarde religiosamente
con gracia siniestrada de un estigma
y supo nuestro amor concupiscente
silenciar del dolor el cruel enigma.